Se levantó histérico. Apuró el último aliento de un sueño caduco y se centró de nuevo en todas aquellas ideas perennes. Si tuviera que recordar con la exactitud de un pintor solitario cada facción de aquella cara no le supondría un gran reto. Más bien era un desafío que necesitaba abordar más tarde que temprano, ahora que ella ya no estaba.
Siempre utilizó el cálculo mental, la medición de sus reacciones por pulsos de su propio corazón que se hacían manifiestos en cada trazo de su estilográfica. A veces sus palabras eran dibujos. Así, los labios de ella estaban en cada “n” que trazaba. Sus puñales –sin embargo- en cada “t”.
Llovía. Se secó el rostro y salió a la calle. Era desierto. Antiguos océanos de los que ya solamente quedaba arena. La barrera que separaba las intuiciones de las certezas estaba difusa y el olfato le guiaba a través de los huesos que parecían estar vivos a causa del bravo azote del viento. El oxígeno se aferraba a su garganta -luchando- para no acabar en unos pulmones infectados por la resignación. Quizá fuese ansiedad, quizá otro tipo de sinestesia, quizá se hubiese ido a la mierda hace días y aún no había despertado.
Los asteroides, su belleza inalcanzable. Los “chemtrails”, sus cabellos. El azul del cielo, su mirada y las nubes su sonrisa ( ya desdibujada por el tiempo y el olvido). Fugacidad atroz y abismo en cada paso. Su andar requería de una precisión quirúrgica. Necesitaba alcanzar las metas oxidadas pero solamente encontraba puntos de inicio. El olor a restos de pólvora le indicaba que había llegado tarde al pistoletazo de salida… Demasiado, quizá.
No. No era tarde. Aún no. A unos doscientos metros de distancia captó un color. Era extraño. No era ese tipo de color que encuentras habitualmente en un objeto inanimado. No. Era un color que se movía; que le guiaba a través de aquel laberinto en el que se encerraba su cuerpo, apenas visible a estas alturas.
Toc, toc, toc… El ruido era constante. Se supone que un aura –hasta dónde él sabía- no producía un sonido tosco sino más bien armonioso. Toc, toc, toc… Qué se supone que debía de hacer. Encerrado entre dos sensaciones, entre la inquietud y la tranquilidad. La paz y la guerra hechas moneda. Creadas para ser una sola luz en la oscuridad y viceversa. Una mano cuyas articulaciones eran capaces de moverse en cualquiera de las direcciones posibles dentro del espacio que conocía. El mundo plástico estaba ante sus ojos; lo real frente a lo que él creía real hasta ahora.
Sintió el tacto de su piel. La seda era un término tan material que no podía servir de comparativa a una sensación tan inefable. Toc, toc, toc,… quizá estaba en apuros. Corrieron más sus piernas que la propia idea en su cabeza. El color huía. Los sonidos se hacían cada vez más frecuentes. Toc, toc, toc… Había lágrimas allí. Había carmesí en el cielo. Inquietud y desorientación en su mirada. Encontraba fragmentos de su pasado reflejados en aquel vasto espacio, miradas de complicidad que se entremezclaban con discusiones, pasión y cafeterías de su antigua ciudad.
Ella estaba por todas partes… Estaba hecho de ella. Su cadena de ADN llevaba su perfume; toda su composición genética. Por eso ahora que no la encontraba cada vez se sentía menos.
Menos físico, más etéreo.
-El destino...- pensó.
-Me voy a convertir en el Destino…-
n,n,n,n,n,t,...
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