Una lágrima. Una vida.

   En aquel banco no se conocía el tiempo. Ligeramente podía intuirse el día entre la espesura de los árboles; aún así quedaba claro que la noche cayó hace horas. El agua de lluvia se filtraba a través de las hojas como si la propia naturaleza obrase su llanto. Las ramas formaban figuras que albergaban danzas detenidas esperando a ser dibujadas por alguna mirada curiosa.

   Unas gotas desafinadas bastaron para indicar que allí había vida. En silencio se intuía la figura de un chico. Sobre sus hombros un gran peso invisible le impedía mantener la espalda erguida. Existían objetos cerca de él. Objetos diseñados por farmacéuticos (probados en familias de a saber que aldea del continente africano) y cascos de vidrio fabricados por máquinas que alojaron algún líquido –probablemente alcohólico.

   En aquel banco existía un viaje astral dentro del callado joven, que parecía estar encerrado entre cuatro paredes de aire. Difícilmente podía detectarse la enorme cantidad de cicatrices que se alojaban por todo su cuerpo. Cicatrices de singular historia que no servían para interesar a una dama en las primeras citas. Como en el cielo sucede con las estrellas y la luna, en el cuerpo de aquel chico había una marca que importaba por encima de las demás. Se trataba de un corte vertical a lo largo de su antebrazo izquierdo que le definía como uno de los buques insignia de la decadencia de una raza; de toda una generación perdida y sin propósitos reales.

   Sesenta y cinco kilogramos, lengua de trapo y una inseguridad que hacía aullar a los lobos hambrientos que esperaban con ansia su porción nocturna de alma.

   Se estaba matando muy lentamente; de tal manera que cuando llegase su hora nadie le llorase. Medicinas para el alma que ya solamente le sumergían en paz cuando las inhalaba o las depositaba en el interior de sus párpados. Sometido al azar y consciente de ello, conseguía darle cuerpo a su angustia y sentarla junto a él en aquel banco. En aquella noche.

   Su talento era como una peonza olvidada en un cajón infestado de insectos que se alimentaban de madera. Pero ahí estaba él con ella, sentado en ese banco. Los últimos vestigios de vida de un planeta deprimido, que lloraba aquella noche por la pérdida de lo que a aquel chico le hacía ser humano.

   Era la oscuridad. Toda para él. Parecía una despedida. Esta vez la única voz que escuchaba era la suya. Susurros negros procedentes de lo más profundo de su alma. Su propia voz decidiendo su desamparado destino, su cretino intelecto y recordándole su error de manera insistente.

   Fue en busca del abrazo pero la angustia se marchó. Ahora era de nuevo él. Él y su banco. Él consigo mismo. Una lágrima surgió, se mezcló con la lluvia y desapareció. Para no volver. No la echaría de menos. Ni él ni nadie. ¿Qué importancia tenía?


   ¿Qué importancia tiene una lágrima?  La misma que una vida.

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