Una habitación de hotel. Doble. Sin vida de no ser por su
misterioso ocupante. Bajo su mando creía llevar siete días metido en ese lugar.
Después de todo algo sugería que no le importaba la factura.
El cartel de “no molestar” en el pomo de la puerta ya refugiaba las primeras telas de araña y las asistentas del hotel se acercaban a husmear cada mañana. No escuchaban nada. Él era un fantasma. La más alcahueta incluso se aventuraba a meter sus narices entre la parte de debajo de la puerta, supongo que en busca de alguna triste noticia.
Volviendo al ocupante. Su total falta de preocupación era
evidente. La puerta dejaba paso a una mesa con panfletos turísticos de la
ciudad pero él no era un turista. No exactamente. Al recorrer con la vista la
moqueta roja de los noventa que forraba el suelo se podían apreciar ciertos
vestigios de caos. Por otro lado, la poca falta de pulcritud que se atisbaba a
través de la puerta entreabierta del baño daba pistas de lo que parecía ser un
auténtico soborno sensorial.
¿El año? 2013. “Un mal número el 13”, le decía su madre
siempre.
Su cara reflejaba misterio y descontrol. Los labios carnosos
que tenía se hallaban cuarteados, cicatrizando de una manera incorrecta debido
a la deshidratación. La persona que se los hidrataba habitualmente vivía lejos.
Pero todos sabemos que las distancias son relativas y más cuando hablamos de
conceptos tan abstractos como las sensaciones.
Ella estaba allí. Difuminada como el resto de su habitación.
El techo daba vueltas y el clima estaba viciado por el perfume afrutado que se
encargó de comprar antes de iniciar el exilio. Olía a ella. Por lo tanto debía
estar a su lado. Acariciándole el pelo como cada noche, sonriéndole como cada
mañana y besándole como cada vez que se despedían –o que se encontraban.
Allí en esa habitación existían infinidad de preguntas que
volaban en forma de colores –generalmente oscuros- y formaban espacios
abstractos por desarrollar pero que gozaban de vida propia. Las duras críticas
a las que sometía a su cerebro le hacían desarrollar vestigios de una cordura
cuasi-brillante, pero que vivía desbocada; sin riendas que pudieran mantenerla
en la dirección adecuada. Se cuestionaba los porqués. Los porqués de su soledad
y los porqués de su idiosincrasia. Quería conocer por qué no merecía regalos,
por qué no merecía detalles y por qué creía que realmente no los merecía.
Su nutrición pobre, propia de una mente que no concede
pausas y su estado crítico a ojos de cualquier espejo cercano. Ojos vidriosos y
sienes doloridas. Sabor a sangre en el paladar y estudios de anatomía humana en
sus vértebras. En su mente Luther Ingram
ponía la nota musical, lo cual rozaba un punto lamentable pero relativamente
humorístico. Él sonreía mientras miraba el techo y se preguntaba cuántas almas
podían haber disfrutado de esa habitación hasta el momento.
Se enfrentaba a dudas y a sueños. A recuerdos y a rivales.
Se enfrentaba consigo mismo y buscaba una salida. Una salida que contentase a
todos y que contentase al futuro, el cual no conseguía intuir desde hace ya
varias semanas. Castigándose entre sábanas que no escondían sorpresas y que
tampoco escondían más detalles que sonrisas que él imaginaba en las arrugas
generadas sobre su blanco.
¿Por qué sonreía entonces?
Porque ella estaba allí. Sentía sus manos sobre su espalda, sus
labios sobre su deshidratado cuerpo; y sus palabras que le susurraban un
tímido: “Duérmete mi amor, descansa”.
“Descansa”. Ese era el detalle.
En la intimidad del anonimato.
Donde los sentidos le hablaban de su fin y el alma pedía
ayuda a gritos.
Pedía un regalo. Que le hiciera ser.
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